¿Dónde van a parar nuestros datos en la red cuando fallecemos?

Está claro que las nuevas tecnologías han cambiado nuestras vidas, nuestra sociedad y con ella nuestra forma de relacionarnos, nuestros derechos y la forma tradicional de entender muchas de nuestras instituciones jurídicas. En muchas ocasiones, las tradicionales figuras jurídicas existentes hasta el momento para satisfacer nuestras necesidades y cubrir nuestros derechos serán suficientes para satisfacer las necesidades de los ciudadanos, adaptándose a la  realidad del momento y a las circunstancias sociales de nuestra sociedad y cultura de acuerdo con el archiconocido artículo 3 del Código Civil. No obstante, en otras ocasiones estas instituciones tradicionales deberán sufrir una importante adaptación al nuevo medio o será necesario crear instituciones de nuevo cuño para satisfacer las necesidades actuales del ciudadano.

 

1. Introducción.

Está claro que las nuevas tecnologías han cambiado nuestras vidas, nuestra sociedad y con ella nuestra forma de relacionarnos, nuestros derechos y la forma tradicional de entender muchas de nuestras instituciones jurídicas. En muchas ocasiones, las tradicionales figuras jurídicas existentes hasta el momento para satisfacer nuestras necesidades y cubrir nuestros derechos serán suficientes para satisfacer las necesidades de los ciudadanos, adaptándose a la  realidad del momento y a las circunstancias sociales de nuestra sociedad y cultura de acuerdo con el archiconocido artículo 3 del Código Civil. No obstante, en otras ocasiones estas instituciones tradicionales deberán sufrir una importante adaptación al nuevo medio o será necesario crear instituciones de nuevo cuño para satisfacer las necesidades actuales del ciudadano.

Un ejemplo de esta nueva realidad es el caso del llamado patrimonio o activo digital: un conjunto de datos de carácter personal y demás derechos que generamos día a día en la red y que volcamos en Internet, vertiendo un conjunto de activos valiosísimos, que en el caso de no indicar su destino (designar a una persona de confianza que los administre o custodie este contenido  o dar instrucciones sobre la disposición de los mismos) quedarán en un auténtico “ limbo digital” sin titular alguno que pueda gestionar tales activos.

Muchos autores de reconocido prestigio han afirmado  que los datos personales que volcamos en la red (Internet, redes sociales, blogs, aplicaciones, páginas web…) son el auténtico “petróleo del siglo XXI”. Esta expresión me parece de una fuerza plástica y simbólica especialmente relevante, pues es cierto que estos datos valen su peso en oro. Se trata de un auténtico patrimonio digital: una verdadera avalancha de información de carácter personal, confidencial y sensible desplegada en nuestra red y  que constituye en ocasiones un auténtico conjunto de activos digitales, y que muchos autores han denominado ya como la “nueva generación de derechos” de la era digital. Prueba de ello es la relevancia de la privacidad y protección de datos en la actualidad y el recientemente aprobado Reglamento Europeo de Protección de  Datos, que regula de manera detallada esta materia. El problema surge cuando esos derechos y esa información sensible y personal que circula online y que manejamos, (disponemos y controlamos en vida ) queda de alguna forma desprotegida tras la muerte de su titular.

Al posible valor patrimonial y económico de estos datos, se le une el carácter sensible  de los mismos  (datos personales, contraseñas, códigos, número de cuentas y tarjetas) y el valor sentimental y emocional de este contenido (fotografías, vídeos, bibliotecas de música, archivos, …).

Pero, ¿qué ocurre con toda la información online y el activo digital que hemos generado en vida tras nuestro fallecimiento? ¿conocemos realmente el destino de este patrimonio digital? ¿Dónde va a parar toda esta valiosa información cuando fallecemos? ¿Es necesario disponer post mortem de todo este “patrimonio digital”? Estos interrogantes e hipótesis suponían algo inusual e impensable hace unos años, (donde nuestro patrimonio y datos se circunscribía a un mundo real y no virtual y se desplegaba en un espacio físico y en un plano territorial acotado). Hoy en día, sin embargo, cada vez es más frecuente que nuestros datos y demás información de carácter personal y de contenido más o menos confidencial pueda estar disperso en la red y supone una cuestión de absoluta relevancia y actualidad conocer cuál será el destino de estos datos y de este contenido tras nuestro fallecimiento.

Nuestras instituciones y el derecho no estaba preparado para estas cuestiones, e incluso hoy en día estamos en un proceso embrionario o transitorio, puesto que la materia no se encuentra regulada específicamente, razón por la cual queremos aproximarnos a estas figuras y abordar los supuestos jurídicos más problemáticos, exponiendo numerosas cuestiones que bien el legislador o la práctica irá consolidando. A lo largo del texto discutiremos si nuestro ordenamiento jurídico ya cuenta con regulación actual y vigente que puede adaptarse a este caso concreto o si por el contrario es necesario crear ciertas figuras o instituciones ex novo para cubrir este tipo de necesidades. Auténticos desafíos jurídicos que de alguna manera nos hacen replantear la concepción tradicional y clásica del derecho sucesorio en nuestro ordenamiento jurídico. 

 

2. ¿Qué es el “patrimonio” o “activo digital”?

Podemos definir “patrimonio” o “activo digital” como el conjunto de activos, bienes, derechos, y demás contenido variado y heterogéneo que vertimos en la red a lo largo de nuestra vida y que puede comprender entre otras cosas: derechos de imagen, derechos de autor, propiedad intelectual, webs, blogs, ingresos de publicidad, saldos en portales online…

Estos derechos y conceptos que integran este conjunto de activos y el patrimonio digital que el causante ha acumulado en vida, pueden ser de carácter muy heterogéneo, y por tanto para cada uno de estos conceptos podemos hablar de soluciones legales diversas. Podemos distinguir tres tipos de activos digitales:

1.- Correos electrónicos, cuentas en redes sociales como Facebook, twitter, instagram, youtube, blogs, páginas web… En este caso el causante es contraparte de un contrato celebrado con el prestador del servicio en cuestión y se han aceptado unas condiciones legales de uso con carácter previo. En la mayoría de casos los derechos que se han originado de este tipo de relación son de carácter personalísimo y por tanto intrasmisible. Lo cual no obsta para que ya hayan surgido aplicaciones y otras opciones para deshabilitar una cuenta o para convertirla a modo conmemorativo o recordatorio en una auténtica “lápida o panteón digital”. Pero al margen de que estos servidores pongan a disposición de los familiares la posibilidad de dar de baja estas cuentas ya inoperativas o de continuar la misma a modo conmemorativo, lo lógico es que cada vez más se plantee la posibilidad de que el propio causante decida el destino de esta información y la disponibilidad de estas cuentas.

2.- Otro concepto que podría integrar esta herencia digital estaría integrado por ciertos“ derechos de uso adquiridos”  y que al tener cierto contenido patrimonial, podría ser objeto de transmisión hereditaria (pensemos por ejemplo los casos de música legalmente descargada, imágenes que hemos adquirido, aplicaciones que hemos comprado, ebooks….

3.- Perfiles de redes sociales, blogs, dominios online, podcasts… la mayor parte de la doctrina entiende que podría encuadrarse como una obra sujeta a propiedad intelectual y por tanto a la Ley de Propiedad Intelectual como creaciones originales literarias, artísticas o científicas.

 

3.- Soluciones para disponer mortis causa del activo o patrimonio digital.

Las alternativas son varias: designar un albacea testamentario, otorgar testamento compatible con uno anterior en el que se contengan las claves de acceso, otorgar un acta de manifestaciones de protocolización o un depósito notarial, o en el caso del Derecho Foral, a través de codicilos y memorias testamentarias.

 

a.- La figura del Albacea. 

La figura del albacea, de larga tradición en nuestro ordenamiento jurídico, es una figura que puede adaptarse a estas necesidades. Se encuentra regulada en los artículos 892 y ss del Código Civil, y por lo que aquí nos ocupa (y excepcionando el supuesto de albacea dativo y legítimo) el albacea será nombrado por el testador (por tanto será necesario otorgar testamento con todas las formalidades legales establecidas por el Código Civil , especialmente las relativas a la intervención de Notario).

Se trata de una figura encargada de dar cumplimiento a la voluntad del testador y en la que se puede enmarcar la facultad de gestionar determinadas actividades como la gestión de la pervivencia u olvido de nuestros correos electrónicos , perfiles de redes sociales, cuentas en distintas páginas o servicios online…  transmisión de los derechos de uso o propiedad sobre libros, dominios online, música, vídeos, podcasts, juegos , fotografías, blogs, ebooks, y cualquier otro tipo de información o contenidos.

A través de esta institución, el testador designa al albacea para cumplir la voluntad del mismo sobre activos digitales existentes, para que se ocupe del destino del activo digital del causante según sus instrucciones, o para que ejecute o vele por el cumplimiento de lo señalado por él en cuanto al modo de despedirse de manera digital.

Es un cargo de confianza y a pesar de que frecuentemente se haya nombrado a esta figura (por el objeto de sus funciones) como “ albacea digital”, no olvidemos que esta denominación es inexacta y una nomenclatura extraoficial, puesto que en todo caso para que estemos ante esta figura, debe ser una figura testamentaria y para su validez deberá otorgarse testamento.

La amplitud de las funciones del albacea puede ser muy variada, así lo ha establecido la STS de 8 de Febrero de 1980 al decir que “ a amplitud de las facultades conferidas por el testador a los albaceas no tendrá más límite que evitar que quede el testamento al arbitrio de los mismos”. Por tanto podría encomendarse al albacea este tipo de funciones de gestionar el activo digital del titular con carácter postmortem.

Algunos autores distinguen entre por un lado la mal llamada “herencia digital” (en el que se designaría un albacea para cumplir con la última voluntad de la persona sobre activos digitales existentes ya sea dejando herederos para cada activo o nombrando a su albacea administrador para cierre de las cuentas que pueda tener online, gestionar determinados datos, cancelar, modificar o rectificar cierto contenido online, o incluso ejercitar el conocido derecho al olvido) y por otro la llamada “ voluntad digital” que yo definiría mejor como “ últimas voluntades digitales” o “ documento de últimas voluntades digitales” en el que el causante pueda elegir cómo despedirse de modo digital  ( las formas pueden ser muy variadas: a través de  mensajes, videos, foros,….).

 

b.- Codicilos, memorias testamentarias ( Derecho Foral).

Recordemos que estas figuras no se encuentras recogidas ni admitidas en nuestro Derecho Común (no así en algunas de nuestras legislaciones forales como Navarra y Cataluña que sí permiten los Codicilos y Memorias Testamentarias). Pero sin embargo, en aquellas zonas en las que esté permitido, serán un instrumento tremendamente útil para disponer del activo digital del causante.

Haremos un breve análisis de las mismas:

– El codicilo es un documento, con las mismas formalidades que el testamento, por el cual el causante adiciona  o modifica alguna cosa en su testamento con ciertos límites.

– Las memorias testamentarias son un documento privado que alude a un testamento anterior (grosso modo y según la normativa propia de cada legislación)

 

c.- Herencia o legado “ digital”.

Antes de hacer una análisis crítico y jurídico, haremos algunas consideraciones terminológicas. La propia denominación ya nos suscita dudas legales. En ningún caso el Código Civil y la Legislación Notarial se refiere en modo alguno a la recientemente conocida  como herencia o legado “digital”. Mucho menos a los términos que últimamente circulan por la red como “testamento online” o “testamento digital” (porque aunque la denominación poco ortodoxa esté de moda, el testamento en todo caso deberá ajustarse a la forma establecida en el CC, que en la mayoría de casos exige intervención, homologación, protocolización o adveración notarial, en ocasiones con carácter ad solemnitatem como requisito formal indispensable, en otras ocasiones para evitar la caducidad del mismo). No existe pues, como tal una herencia o legado “digital”, y aunque la denominación “ online” o “digital” se esté refiriendo a su contenido, no estamos ante una figura de nuevo cuño o creada ex novo, sino que en todo caso deberán ser observadas las reglas establecidas por el Código Civil. En cualquier caso deberá observarse el mandato del legislador y los requisitos formales exigidos por el legislador en cada caso concreto (especialmente en todo lo que se refiere a la adveración, protocolización y formalización de testamento ante Notario: recordemos que en el ámbito de sucesiones y más concretamente en materia testamentaria, los requisitos de forma son exigidos en muchas ocasiones con carácter ad solemnitatem, de manera que el defecto de forma de los mismos dará lugar a la nulidad del acto en cuestión, sin perjuicio del estricto cumplimientos de otros requisitos formales en cuanto a los plazos y caducidad de ciertos testamentos).

Recientemente y relacionadas con esta cuestión, se han barajado algunas soluciones viables como la posibilidad de otorgar otro testamento compatible con el (llamémoslo ordinario anterior) en el que no se revoque de modo alguno el anterior y en el que tengan cabida estas consideraciones de tipo digital en el que se determine el destino y la gestión de estos datos digitales que hemos volcado en vida en Internet. Otros autores hablan de la posibilidad de otorgar un acta de manifestaciones de protocolización o un depósito notarial en el que se contengan las claves de acceso a estos datos digitales.

Como ya adelantábamos, algunos autores hablan de “testamento online” (realizado por medios digitales, que de no cumplir con los requisitos de forma establecidos por el legislador no será válido) y “testamento digital”, como un documento legal que permite a una persona dar instrucciones sobre qué hacer con su presencia digital una vez que fallezca ( y que repetimos, deberá en todo caso ajustarse a los requisitos de forma establecidos por el legislador) pero en ambos casos, además de la incorrecta y desafortunada terminología (que si bien se está refiriendo al contenido especial del mismo), para su validez, recordamos, será indispensable y necesario como requisito sine qua non, guardar los requisitos formales que para su validez exige el Código Civil (y que en la mayoría de casos requiere el otorgamiento ante Notario o bien su adveración o protocolización ante el mismo fedatario público).

En todo caso será indispensable para su validez la colaboración e intervención de los Notarios para que  estas últimas voluntades puedan formalizarse como testamento puesto que será necesario que el Notario garantice su legalidad y que se ajusta a derecho  para dotar de validez a los mismos

Así el documento en que se plasmen estas últimas voluntades digitales, una vez cumplimentado, deberá llevarse a un Notario para que lo eleve a Escritura Pública. El documento podrá contener clausulas referentes a la disposición de cuentas de correo electrónico, perfiles y contenidos en redes sociales.

La solución más viable para este supuesto será otorgar un testamento posterior que no revoque al anterior, y en el que se haga constar determinadas disposiciones adicionales de su última voluntad ( legando la titularidad así como los derechos y facultades inherentes a la misma de las cuentas de correo electrónico, cuentas en redes sociales o profesionales, cuentas en servicios de alojamiento de archivos informáticos, espacios web, depósitos, bases de datos, programas informáticos y cualesquiera ortos análogos). También podrá legar y sin perjuicio de la legítima, la totalidad de los derechos de propiedad intelectual que en su caso pudieran corresponder al compareciente como propietario o licenciatario de los textos, imágenes, sonidos, programas, bases de datos y demás archivos o elementos que pudieran tener la consideración de obras o prestaciones protegidas conforme a la legislación sobre propiedad intelectual o industrial. Este legado facultará al legatario a administrar, gestionar, disponer y hacer uso de las anteriores cuentas y servicios. Para garantizar la confidencialidad y el secretismo de las claves de acceso, se solicitará que el legatario tenga derecho a copia de la escritura en el que se otorga el testamento posterior. 

 

4.- Conclusiones.

Las nuevas tecnologías han superado nuestra concepción clásica del derecho y  todos nuestros límites preconcebidos de espacio y tiempo. El llamado “ legado digital” no es más que una consecuencia natural de esta nueva realidad, de derechos y activos digitales que vertimos en red y generamos día a día online y que pueden subsistir más allá de la muerte de su titular, especialmente cuando se indica y dispone el destino de los mismos, o se designa a una persona para que gestione y esta cantidad ingente de datos.

Determinadas redes sociales ya se han hecho eco de la situación y a modo conmemorativo o recordatorio permitan mantener abierta una cuenta (a modo de “lápida digital” , memorial o “panteón digital”) solicitar que se elimine el rastro digital del causante  o gestionar la reputación online o memoria post mortem del causante, pudiendo incluso a llegar a ejercitar los derechos de acceso, rectificación, cancelación, oposición y olvido del causahabiente.

Si bien es cierto que no hay una regulación específica y ad hoc que regule esta materia, nuestro ordenamiento jurídico ya cuenta con normativa que puede aplicarse al caso concreto en tanto en cuanto no se regule específicamente esta materia por el legislador, siempre teniendo en cuenta que en sede de sucesiones,  en la mayor parte de los casos, la formalidad adquiere plena relevancia con carácter ad solemnitatem y habrá que respetarse par la validez de cuantos actos o negocios jurídicos prevea la norma. En este caso el Notario se configura como una pieza clave para la validez de los mismos.

Muchas son las empresas y start-ups que han visto su oportunidad de abrir y consolidar mercado. Con el auge de las nuevas tecnologías y el impacto que ha supuesto para nuestra sociedad, nuestra vida cotidiana, nuestra forma de relacionarnos y la concepción que hasta ahora teníamos del derecho, también nuestra forma de entender el Derecho sucesorio y disponer de las últimas voluntades se ha visto alterado . Así, empresas como Mi legado Digital, Tellmebye, o Notarius, son algunas de las compañías más conocidas que ofrecen entre sus servicios este tipo de prestaciones: redactar la biografía o “ testamento digital”, proteger datos y archivos, gestionar nuestra información, cerrar o cancelar cuentas en redes sociales, pedir que nuestra página de Facebook se convierta en un auténtico panteón digital o memorial, ejercitar el derecho de cancelación , rectificación, oposición o modificación de datos o ejercitar nuestro derecho al olvido, eliminar nuestro rastro digital, designar un albacea de nuestras contraseñas, imágenes, documentos ,dominios, suscripciones, blogs….

Lo que se trata es de evitar que esta cantidad ingente de datos que hemos ido generando online en vida y toda la información, derechos y contenido que vamos volcando en red y del que somos titulares, no quede en el limbo digital , sino que se le de el destino querido y deseado por el causante conforme a derecho. A falta de una regulación más específica en esta materia, deberemos acudir a la legislación ya existente en materia de sucesiones. 

 

Firmado: Miriam Guardiola Salmerón.
Colaboradora en Derecho & Perspectiva.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

* Copy This Password *

* Type Or Paste Password Here *