JUSTICIA PARA VULPINOS Análisis crítico y antítesis de la obra de Ronald Dworkin “Justice for Hedgehogs”

Todo parte de un entretenimiento argumentativo con incidencia en el universo del Derecho, esto es, la posibilidad de visualizar nuestro mundo de manera dual: por un lado, se presentan aquellas personas que revisten una serie de cualidades que los asemejan a los animales espinosos mencionados oportunamente (los “buenos”, según Dworkin) y, por otro lado, aquellos que deben reducirse a un espacio de menor reconocimiento por asimilarse a los cánidos (los “malos”, o por lo menos, los “no tan buenos”). Se debe reconocer una cuestión: si bien dicha división no resulta demasiado prudente, es por demás atractiva (por lo menos, en lo que respecta al campo de la argumentación de tipo jurídica). 

Introducción

El siguiente trabajo fue realizado con gran admiración y respeto al maestro Dworkin: el hecho de que, en este caso, nos encontremos en veredas opuestas, no significa desconocer la relevancia de su figura, como el gran pensador de Derecho contemporáneo que es, con una obra tan prolífera y única que ha influenciado a tanta gente alrededor del globo.

Justamente, podemos entender a la presente labor como un nuevo reconocimiento de la “obra dworkiniana”, pero con la intención de poder inclinar la balanza a favor de quienes, el autor en cuestión, denomina “zorros” (una clase dentro del reino animal de los “vulpinos”, y de allí el nombre que se le ha otorgado a esta investigación), para ofrecerle a los “erizos” una cortes invitación a retirarse del podio que Dworkin supo entregarles.

Todo parte de un entretenimiento argumentativo con incidencia en el universo del Derecho, esto es, la posibilidad de visualizar nuestro mundo de manera dual: por un lado, se presentan aquellas personas que revisten una serie de cualidades que los asemejan a los animales espinosos mencionados oportunamente (los “buenos”, según Dworkin) y, por otro lado, aquellos que deben reducirse a un espacio de menor reconocimiento por asimilarse a los cánidos (los “malos”, o por lo menos, los “no tan buenos”).

Se debe reconocer una cuestión: si bien dicha división no resulta demasiado prudente, es por demás atractiva (por lo menos, en lo que respecta al campo de la argumentación de tipo jurídica).

Planteadas entonces las reglas del juego, es hora de comenzar con el mismo.

I. Zorros contra Erizos

La potencial fauna para R.Dworkin

En el año 2011, Ronald Dworkin publica una magnífica obra titulada “Justice for Hedgehogs” (una posible traducción al español ha de ser: “Justicia para Erizos”), la cual reconoce su génesis en una antigua cita del poeta griego Arquíloco, (de varias versiones circulantes, me quedo con la siguiente): “Muchas cosas sabe el zorro, más el erizo sabe una sola, y grande”. 

Tal como hace Dworkin (autor al que tal vez se deba admirar, más por la virtud de su pluma, que por los postulados que predica), el mundo puede dividirse en dos grandes faunas: la de los erizos y la de los zorros. Las personas son, entonces, de una estirpe o de la otra. No lo comparto.

Pero de ser así, quisiera ponderar a los zorros. Porque de los erizos y sus virtudes ya se ha hablado largo y tendido. Me aburre. Me resulta fatalista, una persona encerrada en sí misma, individualista y ríspida como las espinas que porta en su espalda.

Según Dworkin: “…hace ya muchas décadas que el zorro lleva la voz cantante en la filosofía académica y literaria, sobre todo en la tradición angloestadounidense…” (DWORKIN, 2011: 15). Si bien, en principio, el autor parecería reconocer en la figura “zorrina” un importante protagonismo, lo hace de forma irónica, con la intención de reducir el espacio que dicho personaje se ganó efectivamente, por tratarse de un animal de carácter complejo, de pronunciadas dualidades, y por lo tanto, atractivo.

El zorro, es pura elegancia. Estilizado, tanto lo físico como en lo discursivo. Argumentador nato, no come las uvas no porque no puede, sino porque están verdes (leer la fábula de Esopo bajo el nombre de “La zorra y las uvas”:Αλώπηξ και βότρυς).

Un hermoso chanta[1], un ladrón de fabulas.

Un símbolo de la astucia: las pisadas del zorro en el mundo del Derecho

Ahora, en el campo jurídico, este fenotipo reviste inmenso valor en su facilidad para negarse a sí mismo: “per se” no puede sostenerse, y muta hacia nuevas formas, lo cual constituye un mecanismo dialéctico ponderable en tiempos de “liquidez”, como sostendría el sociólogo polaco Zygmunt Bauman: “Seguir en movimiento, antes un privilegio y logro, se convierte ahora en obligación” (BAUMAN, 2003: 13).

En concordancia, el Derecho debe seguir la rigurosidad de los tiempos modernos, a fin de dar respuesta justiciable siempre que se lo requiera, como el sistema problemático.

Dicha expresión es atribuible al jurista y filósofo del Derecho Alemán, Theodor Viehweg, quien “…discute algunos planteamientos modernos para defender el método problemático, pues en su opinión cuando una disciplina no se puede sistematizar -porque no puede encontrarse en ella ningún principio que sea objetivo y seguro- sólo es posible la discusión de problemas…” (SANZ BAYÓN, 2013: 15). Bajo el análisis que el Dr. Eduardo Hooft realiza sobre el mencionado autor, se sostiene que ha de existir “…desconocimiento de los teóricos del derecho, sobre el oculto-y oscuro-mecanismo de motivación de las sentencias judiciales…” (HOOFT, 2012: 98).

Esta brecha entre teoría del Derecho y su puesta en práctica genera problemas que recaen en el mismo concepto de Justicia, como bien así lo explica Hooft: “…en descargo de los jueces, el riguroso positivismo los veda con frecuencia invocar “la justicia” o “la equidad” como fundamento de las decisiones y ello los lleva a bizantinas elaboraciones jurídicas que en realidad están teleológicamente inspiradas “en lo justo” (“agent non movet nisi intentionem finis”: el agente se mueve por el fin que persigue, S.Tomas)…”.

Es por ello, que los operadores jurídicos no deben mostrar la rigidez del erizo, sino la elasticidad de los vulpinos. La adaptabilidad es una virtud del zorro, y si lo fuera también del sistema legal, éste podría responder efectivamente al requisito social constante, a la necesidad de la justicia del “hoy y ahora”, evitando la dilatación improcedente de los procesos. El avance tecnológico, desmedido en su velocidad, urge al Poder Judicial y lo intima a cambiar las pieles caso tras caso, para atender la gravedad de cada situación planteada ante Tribunales: se requieren tanto jueces probos, como veloces y despiertos (en alusión a nuestro cuadrúpedo amigo).

II.- La verdad como camino, no como destino

Obrar con sinceridad

Los guantes negros que le fueron dados por naturaleza, permiten que los zorros obren con la objetividad que debe caracterizar a todo participante del sistema jurídico, para que dicho campo de labor y estudio se tiña de contundente seriedad.

No hay necesidad de dejar huellas, ni de marcar una única verdad posible, imperante. Es urgente la transformación de la realidad, recontextualizando conceptos añejos, para llevarlos a nuevos y operantes.

Con relación a esto último, nos adherimos a los dichos de Jesús Antonio Ruiz Monroy: “…El derecho, en cuanto objeto de conocimiento, es producto de la acción humana; por ello no es ajeno a la verdad y, por ende, a los problemas inherentes a esta última. El derecho tiene a su vez sus propios problemas, que son de índole: filosófico –ontológico, gnoseológico, epistemológico, lógico – sociológico y de tipo práctico, lo cual trae como resultado que tampoco haya una sola noción de derecho reconocida unánimemente…” (RUIZ MONROY, 2016: 5).

De esta manera, reconocemos al Derecho como un campo de estudio y labor conectado con la “verdad”, pero con la siguiente prudencia: comprender que, el intento de alcanzar la misma reviste una complejidad altísima. Dicho hecho, inclusive, pondría en duda la capacidad del Derecho por llegar a conocer efectivamente la “verdad” (y es por ello que algunos autores refieren a distintas calidades de “verdad”, como ha de ser la “verdad procesal”, por ejemplo) y esto tiene robustos fundamentos. Pero, como todo proceso, habría que destacar la relevancia del viaje frente al valor del destino. Y he aquí cuando nuestro protagonista vuelve a aparecer en escena: el zorro parecería comprender con sinceridad que el alcance de la “verdad” no es posible, ni tampoco resulta tan significante (no tanto como lo es el proceso por conseguir algo de ella, frente a la imposibilidad de obtener su totalidad).

Para el zorro no hay una “verdad absoluta”, sino “verdades relativas”. Estas últimas gozan de buena salud en los tiempos modernos, ya que estimulan la posibilidad de multiplicidad de resoluciones, frente a la multiplicidad de problemáticas. Lo que se requiere, sin dudas, en el ámbito del Derecho.

De esta manera, no encontraríamos frente a un enunciado mayormente vinculado a la epistemología del tipo constructivista. En el mundo leguleyo, es aquella que “…entiende que la objetividad del conocimiento deriva de nuestros esquemas de pensamiento y juicios de valor; es decir, que la verdad de los enunciados está muy vinculada al contexto. En sentido estricto no cabe hablar de un “conocimiento objetivo”; o si se quiere, la verdad, entendida como correspondencia, carece de sentido. La adopción de una epistemología constructivista en el proceso de prueba se manifiesta en aquellas propuestas que postergan la averiguación de la verdad en favor de otras finalidades prácticas del proceso” (ALFONZO, FLORES, OCHOA; 2004: 33).

III.- Espinas y guantes negros

Moral y Esperanza

Recuerdo, caminando por las calles de mi barrio, haber receptado de forma indirecta la siguiente exclamación: “desde que se perdió la esperanza, la moral nunca estuvo tan alta¨. No se hace referencia a una cuestión política en el enunciado, no todo es tan básico. Se trata más bien de la lectura de un contexto que pretende callar aquellos sentimientos, aquellas formas de movilización del espíritu, del fuego interno, que ponderan la superflua moral de las personas moralmente superfluas. Sobre moralidad y Derecho, vaya que han corrido ríos de tinta… Pero, ¿es posible vincular la esperanza con dicho campo? Esta última (la esperanza) sería asimilable a la búsqueda de un devenir mejor. Conjugándose correctamente con el esfuerzo, entonces podría potenciarse. Entonces, como todo proceso que busca llegar a una instancia superadora, he aquí la importancia que podría revestir para el campo de las leyes. No está mal tener esperanza.

En cambio, la moral… La moral es rara.[2] Es tan rara que no termina de convencer a nadie, pero (permítanme el tono irónico) ha de ser como el servicio público: todos hacemos uso de la moral, nos guste o no. Justamente, la evaluación que Dworkin realiza del zorro se ajusta a una valoración moral sobre el actuar que desenvuelve dicho integrante del reino animal frente a otros. Permitámonos pensar un momento, si no ha sido la “moral” (institucionalmente hablando) la generadora de grandes polémicas a la largo de la historia de la humanidad. Si no se han desatado numerosos conflictos bélicos gracias a la misma, persecución ideológica y racial, cacería y quema de “brujas” (con, inclusive, un ordenamiento jurídico que respaldaba dicha actividad), símil a una caza de “zorros”. Lamentablemente, en dichos hostigamientos el Derecho no siempre ha jugado un rol conciliatorio. Menos aún, cuando ha sido pensado como una herramienta moral ante todo.

David Lyons sostiene al respecto que: “El nexo necesario entre el Derecho y la Moral es, en el mejor de los casos, una cuestión de aspiración o promesa –o, tal vez pretensión- antes que un logro garantizado. Por lo tanto, las ideas sobre interpretación y su relevancia respecto de qué es el derecho que presentaron Dworkin y otros no deberían llevarnos a asumir que el derecho siempre amerita ser respetado aunque sea en una ínfima medida” (LYONS, 2008: 65).

Peligrosidad: una palabra con muchas espinas

Dworkin sostiene ligeramente que: Los erizos parecen ingenuos o charlatanes, y quizás incluso peligrosos…”. De esta expresión, lo que más me ha preocupado es el sentido que le pueda otorgar el autor al término “peligroso”, ¿hace uso de dicha palabra para expresar una cuestión negativa de los erizos o se trata de algo digno de ser apreciado?

Posiblemente, nos encontremos frente a una nueva ironía del autor en cuestión. Pero, como sea, voy aferrarme a la misma para desarrollar la siguiente hipótesis: los erizos son peligrosos.

El autor que estamos tratando afirma que los animales espinados tienen la capacidad, no solo de capitalizar los valores más relevantes, pilares de nuestras vidas (no olvidar que estamos hablando de un iusnaturalista, que entiende “valores” profundamente vinculados con “principios” fundamentales, que deben ser horizontes a seguir por toda persona de bien), sino de ser esencialmente comunitarios en lo que respecta a la atención de los terceros:No habría razón para creer que estos valores en bruto están siempre entrelazados con primor, de la manera mutuamente servicial en que los imaginan los erizos…”.

Lo dijo Arquíloco: “el zorro sabe muchas cosas…”. Y esa, esa es la virtud más grande.

Marco Yago Muñoz Rossi

Colaborador en Derecho & Perspectiva


Bibliografía

  • ALFONZO, LETICIA; FLORES, RODOLFO; OCHOA, FEDERICO (2004), Prueba y Verdad en el Derecho, Dirección Ejecutiva del Servicio Profesional Electoral, México.
  • BAUMAN, ZYGMUNT (2003), Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, Fondo de Cultura Económica, 2005, Buenos Aires.
  • DWORKIN, RONALD (2011), Justicia para erizos, Fondo de Cultura Económica, 2014, Buenos Aires.
  • HOOFT, EDUARDO RAIMUNDO (2012), Derecho Internacional Privado al alcance de todos, EUDEM, Mar del Plata.
  • LYONS, DAVID (2008), El nexo entre el Derecho y la Moral, Academia: Revista sobre Enseñanza del Derecho, Nº 12, 2008, Buenos Aires.
  • SANZ BAYÓN, PABLO (2013), Sobre la tópica jurídica en Viehweg, Revista Telemática de Filosofía del Derecho.
  • RUIZ MONROY, JESUS ANTONIO (2016), La verdad en el derecho, Intersticios Sociales, Colegio de Jalisco, núm.12, México.

[1]Dicho proveniente del Río de la Plata, coloquial (persona): “que tiene poca disposición para hacer algo que requiere esfuerzo o constituye una obligación, especialmente trabajar”.

[2]Nota de Autor: realmente, no encuentro potencial sinónimo de este término, que reconozco no del todo académico. Sin embargo, reviste tal utilidad que su funcionalidad podría darle el rigorismo que exige un “paper” de investigación, como este.

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