Libia. Carta abierta al derecho de asilo: érase una vez la antigua Grecia

Los jurístas somos gente interesante, es un hecho. Immanuel Kant se burlaba de los juristas (a pesar de su mínima formación jurídica,) diciendo que siempre estamos tratando de dar una definición definitiva de Derecho en sí. Y esto quizá sea verdad, porque una de las cosas más preciosas que guardamos de nuestra carrera universitaria es la magia del razonamiento jurídico, porque cuando un jurista se pone a pensar es capaz de dibujar una verdadera fenomenología del pensamiento, pasando por callecitas pequeñitas, perdiéndose en antros oscuros, llegando a calles principales desde el principio hasta el final, puesto que lo haya.

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Pues hace tiempo que en mi mente, estando paseando por las calles de la cuestión de la inmigración clandestina y del derecho de asilo, buscando puentes, entradas y salidas, como en el dibujo “Relatividad”, por M.C. Escher, y por fin llegué al cabo de mi razonamiento.

Este artículo quiere ser, como explica el título, una carta abierta, un razonamiento jurídico sobre el derecho de asilo a la luz de los pactos siglados entre Italia y Libia la semana pasada en Roma. Quizá Kant tuviera razón.

Pues ante todo, con carácter previo a buscar cualquier tipo de definición y de fundamento jurídico, hay que centrarse en la etimología de la palabra “asilo”. Asilo viene del griego antigüo “asyulos”, compuesto por la negación a- y por el verbo sylao, que significa robar, saquear. En la antigua Grecia, de hecho, llevaban este nombre todos aquellos sitios considerados sagrados, que se quedaban fuera de los saqueos y de los robos durante los tiempos de guerra, y donde la gente se refugiaba en caso de necesidad. Nadie y nada podía impedirles quedarse en esos sitios y nadie se atrevía a saquearlos o a destruirlos. No era una ley escrita pero sí una costumbre.

Hay otra costumbre que viene del mar, de la antigua Grecia hasta Sicilia, colonia griega durante mucho tiempo, que se ha transmitido desde ese tiempo a la actualidad, y que siempre están repitiendo los habitantes de Lampedusa a los periodistas cuando llegan migrantes a las costas italianas: cuando un hombre se encuentra en dificultad en el mar hay que salvarlo, sea quién sea, venga de dónde venga, vaya adónde vaya, y sobre todo hay que darle amparo.

A primera vista, los dos ejemplos citados no tienen fundamento jurídico concreto como para llegar a ser la base jurídica del tema de la inmigración y del derecho de asilo, pero, como he dicho antes, la magia del razonamiento jurídico cumple con su epifanía cuando menos se lo espera. El fundamento jurídico existe, y es el ser humano, la persona en si, es decir mediante esas dos costumbres, en la antigua Grecia se reconocían al ser humano “ciertas cosas” que no se le podían quitar de manera absoluta y que todo el mundo respetaba y estas “ciertas cosas” hoy tendrían, tienen, el nombre de “derechos”.

Et volià, el jurísta consigue salir del dibujo de Escher. Ahora bien, vamos a por tiempos más cercanos a nosotros y a nuestra manera de razonar.

La semana pasada Italia ha firmado un Memorandum con Libia con el fin de aumentar la cooperación entre los dos países sobre el tema de la inmigración clandestina.

El Memorandum recita “Cooperar para individuar soluciones urgentes a la cuestión de los migrantes clandestinos que cruzan Libia para llegar a Europa vía mar, mediante la predisposición de centros de acogida temporáneos en Libia, bajo el exclusivo control del Ministerio del Interior líbico, a la espera de la repatriación o de la vuelta voluntaria a los países de origen”. Esto parece ser el objetivo. Para conseguirlo habrá que trabajar para que “al mismo tiempo los países de origen acepten sus propios ciudadanos” y subscriban “con estos países pactos en mérito”.

Dejando por un lado el intento, seguramente encomiable, es suficiente leer estas pocas líneas para prefigurar escenarios no exactamente tranquilizantes sobre lo que podría pasar a partir de las próximas semanas.

Como he dicho antes, hay que dejar por un lado los problemas de actuación de estos pactos y fijarse bien en el contenido del Memorandum. De hecho el cuadro que sale de esas palabras no requiere un esfuerzo de imaginación, sino más bien de memoria, ya que el futuro previsible ya ha sido anticipado por los acontecimientos de esta última década.

Estamos bien al corriente de las condiciones de esos centros temporáneos en Libia por las historias narradas de quienes han sobrevivido a pesar de tratos inhumanos, y conocemos también los detalles más dolorosos de lo que está pasando ahora mismo en Libia, un territorio totalmente fuera de control, en el que gran parte de la población trata de huir para llegar a las costas italianas y europeas. Cuentos crueles que siguen subsiguiéndose todos iguales y que representan, por sí solo, la premisa ineludible que impone considerar inaceptable un pacto con el gobierno líbico para el control y la gestión de los flujos migratorios.

Las UNHCR y OIM sostienen, a propósito, que es prematuro y arriesgado pensar en centros basados en el modelo hotspot en la Libia de hoy día, y que hay que crear, ante todo, “pasillos” humanitarios seguros y servicios receptivos adecuados, para que el gobierno líbico pueda “registrar las nuevas llegadas, sostener la vuelta voluntaria, examinar las peticiones de asilo y ofrecer soluciones a los refugiados”. Y esto es seguramente el aspecto más delicado, es decir una estrategia destinada a bloquear la inmigración clandestina que no deja espacio a ningún tipo de tutela de derechos ni protección internacional.

Ahora bien, volviendo por un momento a la antigua Grecia y las leyes no escritas del mar, en el Memorandum que se acaba se firmar, la palabra asilo no compare en ningún momento, y no se hace referencia tampoco a los que, dentro de los flujos que parten de las costas líbicas, huyen por ver en peligro sus propias vidas, perseguidos, necesitando socorro y amparo. Y esto es curioso porque en el ámbito de Derecho de la UE, el art. 78 TFUE establece que la Unión Europea tiene la obligación de desarrollar una política común en materia de asilo, de protección subsidiaria y de protección temporánea con el fin de garantizar el principio de no devolución.

Y la cuestión se hace mucho más interesante si se toma como punto de referencia el art. 33.1 del Convenio de Ginebra de 1951 (recibido en el Derecho Comunitario con Directiva 2011/95/UE) que establece que “Ningún Estado Contratante podrá, por expulsión o devolución, poner en modo alguno a un refugiado en las fronteras de territorios donde su vida o su libertad están  en peligro por causa de su raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social o de sus opiniones políticas.” A la base del Convenio está el principio de no devolución (incluyendo también la prohibición del rechazo en las fronteras) que es el punto principal del tema de la protección de los refugiados. En términos abstractos, ello preve que los refugiados no deban ser repatriados en un país en él que tengan motivo de persecuciones cualquiera sea la motivación.

Con la entrada en vigor del Tratado de Lisboa en diciembre de 2009, la Carta europea de los Derechos Fundamentales de la UE se ha convertido en jurídicamente vinculante. El Tratado de Lisboa preve también la adhesión de la UE a la Convenio Europeo de los Derecho de Ser Humano, también jurídicamente vinculante en todos los Estados miembros de la UE y del Consejo de Europa.

Pues los países europeos tienen que enfrentarse a la cuestión migratoria y del derecho de asilo partiendo de los principios del Derecho Internacional que forman las base de nuestras democracias. Obviar de esos principios significa renunciar, de hecho, a nuestra propia historia y meter en discusión el interno sistema de valores que están a la base del Estado de Derecho.  Por todo ello hay que pararse un momento. Pararse y volver a pensar en la cuna de nuestra civilización, reflexionar sobre esos lugares sagrados, sobre esas leyes no escritas que eran parte integrante del común pensamiento que, inevitablemente, encontraba sus raíces no el Derecho Positivo, sino el Derecho Natural, lo que nace por el sólo hecho de existir de los seres humanos, lo que nace con ellos y que por primero hay que reconducir a cuestiones tan delicadas como las tratadas ed este artículo.

Las preguntas que quedan abiertas son muchas: ¿estamos convencidos de verdad que los centros de acogida líbicos estén realmente en condiciones de acoger a las centenas de personas que de aquí a unas semanas interarán otra vez huir del país?, ¿ es suficiente utilizar unos recursos económicos para financiar países africanos que sabemos todos ser inestables y frágiles?, ¿basta sólo con puntar a la cooperación en materia de seguridad y control de las fronteras, dejando en un esquina el desarrollo económico y democrático de esos países?

Cinzia Savarino

Doctoranda en Derecho Tributario en la Universidad Complutense de Madrid

Colaboradora Permanente en Derecho & Perspectiva


Fuentes

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